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Alfarería (3): Lo escrito en la Guía de la Artesanía de Soria

23 febrero, 2010

 

En 1752, el Catastro de la Ensenada señala la existencia en el territorio provincial soriano de ochenta y cuatro alfareros y siete olleros (once alfareros son de Tajueco, que alternan la cacharrería con el labrantío). En el censo del conde de Floridablanca, de 1787, se registran cincuenta y seis maestros oficiales, veintitrés aprendices y un alfarero de loza en toda la provincia de Soria. Un anuario comercial de 1931 cita, de Tajueco, a los alfareros Gaspar Agustín y Blas Mínguez. En 1956, la Obra Sindical de Artesanía, censa once alfares de tiempo continuo en Tajueco, aunque temporalmente trabajaban en los obradores hasta cuarenta cacharreros según recuerda Máximo Almazán Romero, quien indica, por otro lado, que el cierre masivo de los alfares tuvo lugar en torno a 1965. En 1975 se retiró Celedonio Muñoz, pero poco antes ya reabrieron sus alfares Máximo y Juan Almazán Romero, a los que siguió posteriormente Honorio Soria Mínguez aunque por pocos tiempo. Los hermanos Almazán Romero siguen en el alfar, aunque Máximo al estar jubilado lo hace por entretenimiento si bien continúa la tradición su hijo Alfonso Almazán Mínguez.           

 La alfarería de Tajueco es roja y vidriada, incluso en sus piezas de agua. Es de una sola cocción y su decoración no es excesiva.

            Semper destaca que “si la producción de este centro alfarero ha sido tan diversa y heterogénea es porque en sus alrededores se pueden conseguir hasta cinco calidades distintas de arcillas rojas, que se mezclan entre sí, lo que otorga una amplia gama de posibilidades, según la utilidad a que van destinados los cacharros”.

      En nuestra Guía de la Artesanía de Soria (Junta de Castilla y León, 1991), indicábamos que en Boos hubo un alfarero en el si­glo XX, llamado Lorenzo Almazán, descendiente de los Almazán de Tajueco afincados en Deza a finales del siglo XIX. En efecto, en el último tercio de dicha centuria se traladó a Deza el alfarero Clemente Almazán. “Su hijo, Pedro Almazán Remartínez, fue un notable diseñador de botellas y jarrones de adorno, muy estilizados y con cuellos largos y asas muy ornamentales”. Obra suya es la singular lámpara de cerámica que cuelga en la nave de la ermita de san Antonio (el patrón de Tajueco) en Deza, así como algunos frescos de barros pintados,la imagen del santo titular y sus andas, que son de 1910. Y en Deza hemos podido ver, en efecto tales obras de Pedro Almazán Remartínez. La puerta de la ermita, que bien parece una capillita andaluza, nos la abrió una descendiente suya, Eusebia Morales Mateo. Señalábamos igualmente que, según recordaba Quintín Almazán Romero, “el último cacharrero de Deza fue su paisano Cirilo Mínguez, que estuvo viviendo poco tiempo allí”, posiblemente a finales de los años cincuenta del pasado siglo XX.

            Decíamos también que los hornos árabes de los hermanos Almazán Romero continuaban en pie, como así acontece hoy día, aunque hace ya más de una década que dejaron de humear y engullir zarabuja. La cocción en sí duraba cuatro horas, y tras comprobar que el vidriado era correcto se iban espaciando las caldas, atizando el fuego con zarabuja lentamente. A continuación se cerraba la caldera y al día siguiente se deshornaba, participando en todas estas labores los familiares.  Y destacábamos que “al resplandor de la hornada, mientras se azuzaba el fuego, se contaban chascarrrillos, se bebía agua fresca del botijo y los lazos familiares se robustecían”. Y asegurábamos, porque así lo sentíamos, y una década después seguimos pensando lo mismo, que “para los niños, las hornadas eran noches mágicas”.

            Añadíamos que Máximo cocía en un horno de propano y Juan en uno de gasoil, con el que alcanzaban temperaturas en torno a los 950 grados. Y que tenían sendos tornos de pie cada uno: el tradicional a pie y uno eléctrico.

 “Antaño tenían que moler ellos mismos el “terrón” de plomo para el barniz del vidriado. Posteriormente se compraba en polvo el minio de Rentería(Vizcaya) y el sulfuro de plomo de Linares (Jaén). Por último, con la normativa de la Comunidad Europea han terminado por rechazar estos productos y, en su lugar, se trabaja con una mezcla en agua de tres partes de bisilicato plúmbico y una de carbonato de plomo”, explicábamos en 1991.

            El engobe tradicional ha sido la arcilla blanca de Galapagares que, como es sabido, adquiere una tonalidad amarillenta con el vidriado alcanzado en la cocción. Y concluíamos nuestro trabajo refiriéndonos a la decoración en estos términos:

             “La decoración es sencilla. Con una pluma de paloma, Jacinta y Martina -las esposas respectivas de Máximo y Juan- realizan pinceladas con esta arcilla blanca, que se disuelve previamente en agua. Las figuras son geométricas, florales, esquemáticas y, en ocasiones, incorporan los nombres de los clientes que han realizado pedidos determinados. Este engobe siempre se recubre por el barniz plúmbeo que, una vez vitrificado, resaltará el rojo de la arcilla. Este “baño” puede aplicarse en interiores y exteriores, según sea la funcionalidad de la pieza, así como en la totalidad de la misma, o únicamente en la mitad superior, como sucede con los botijos.

            Otro tipo de decoración es la que realiza el alfarero con la pieza girando en el torno y aplicando leves incisiones paralelas, digitaciones y bordes ondulados o “borcedejos” (esto último en las macetas). También se incorporan tiras de arcilla que se adosan verticalmente desde los hombros al cuello de las orzas y que tienen además una funcionalidad pragmática al servir de refuerzo. Tales “barretas” son, quizás, la única influencia aragonesa de la amplia producción alfarera castellana de Tajueco. Igualmente cabría incluir como elemento decorativo la superposición de pisos de falsas asas y de escueta filigrana en los botijos-campanario y en el botijo de pavo real. Por otra parte, recientemente han incorporado diversos esmaltes”.

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