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Corpus Christi (1): Interpretación antropológica

23 febrero, 2010

Como señalan los antropólogos e historiadores de religiones comparadas, el cristianismo se apropió de los elementos iconológicos de la paganidad, así como de muchas de sus leyendas y mitos, cristianizándolos debidamente e incorporándolos dentro de un contexto dogmático y ritualista cristiano.

            En Tajueco, durante el domingo del Corpus Christi, tiene lugar un rito muy singular. Se enrama un arco sobre un altar portátil junto al ayuntamiento, en la plaza mayor; enramada en la que se colocan algunas rosas, así como en los jarrones del suelo, cabe sí se sitúa en el centro una alfombra rodeada de hojas, sobre la cual se extenderá una sábana y se ponen unas almohadas para que los niños nacidos y bautizados en el último año sean bendecidos por el sacerdote y tocados por el pendón y estandarte de la parroquia que portan mozos del lugar.

            Durante años nos intrigó este rito hasta que encontramos una posible explicación antropológica al leer a Mircea Eliade, que es quizás el historiador de religiones de mayor relieve internacional. La simbología es un arte hermético y generalmente hay que recurrir a lo que Jung llamaba amplificaciones, es decir, comparar el rito contemporáneo con refentes similares de otras culturas y religiones, para poder captar en mayor profundidad y exactitud su simbolismo. Y eso es lo que hemos llevado a cabo.

            Dicen muchos antropólogos e historiadores de religiones que en el principio hubo diosas, y no dioses, en correspondencia al matriarcalismo entonces vigente. El culto a la Gran Diosa Tierra Madre cedería su preeminencia al del Gran Dios Padre Celeste con el patriarcalismo. Leamos a Eliade:

            “Una de las primeras teofanías de la tierra como tal, sobre todo de la tierra como substrato telúrico y profundidad ctónica, ha sido su «maternidad» , su inagotable capacidad de dar fruto. Antes de ser considerada como diosa madre, como divinidad de la fertilidad, la tierra se impuso directamente como madre, «Tellus Mater»  La evolución ulterior de los cultos agrícolas, al perfilar cada vez con mayor precisión la figura de una gran diosa de la vegetación y de la cosecha, acabó por borrar los vestigios de la tierra madre. En Grecia, Deméter sustituye a Gea. Sin embargo, en los documentos arcaicos y etnográficos apuntan vestigios de un culto muy antiguo a la tierra madre”.

            Desde que A. Dieterich publicara, en 1905, su libro Mutter Erde, ein Ver­such über Volksreligion fundamentándose en tres rituales de la antigüedad para reconstruir la antigua religión de la Diosa Tierra, el cúmulo de documentos y referencias con ese enfoque se ha ido ampliando enormemente. Estos tres ritos eran la costumbre de depositar al recién nacido sobre la tierra, la inhumación de niños en contraste con la incineración de los adultos, y la colocación en el suelo de enfermos y moribundos.

            De estos tres rituales el que nos afecta ahora es el primero. Veamos lo que indica Mircea Eliade:

            “San Agustín, después de Varrón, cita el nombre de una divinidad latina, Levana, que levantaba a los niños del suelo: «levat de terra»  Dieterich recuerda, en relación con este hecho, la costumbre que existe todavía hoy en los Abruzzos de colocar al recién nacido, apenas bañado y vestido, en el suelo. El mismo ritual existe entre los escandinavos, los alemanes, los parsis, los japoneses, etc.”

            ¿Se intenta con ello ofrendar simbólicamente el niño a la Tellus Mater a modo de consagración a la Diosa Tierra Madre? ¿Es una forma simbólica de pretender que el niño contacte con el telurismo de la tierra y sus “fuerzas mágicas”…?

            La etnografía y antropología nos confirma que aún hoy día hay muchos pueblos en los que la mujer da a luz directamente sobre la tierra y en muchas culturas se creía que los niños provenían de las rocas, los pozos, las aguas, los árboles, etc. Estos rituales parecen estar motivados por la creencia primitiva en la maternidad de la tierra. Mircea Eliade comenta, además que:

            “Es natural que, ulteriormente, ese sentido de la ascendencia telúrica haya sido reemplazado por la idea, más generosa, de que la tierra es la protectora de los niños, es la fuente de toda fuerza, y de que es a ella (es decir, al espíritu maternal que la habita) a quien se consagran los recién nacidos. Así se explica la frecuencia de la cuna ctónica: se acuesta a los niños de pecho en zanjas, en contacto directo con la tierra o sobre una capa de cenizas, pajas y hojas que dispone la madre en el fondo de la zanja”.

            Por tanto consideramos que el ritual citado del Corpus Christi de Tajueco es un residuo cultual a la Gran Diosa, de origen celtibérico para estos pagos si nos remontamos a los ancestros, y que obviamente se ha cristianizado. El mismo hecho de que se enrame el altar y se coloquen flores y hojas en su entorno, creemos que ratifica esta interpretación, dado el carácter fecundador y maternal de la vegetación en esta época del año en la que la primavera se va y viene el verano con sus cosechas agrícolas. No olvidemos que las diosas agrarias sustituyeron a las diosas telúricas. Después vino el cristianismo. Y hay que tener presente igualmente que el cáliz del Corpus Christi tiene, ante todo, un simbolismo materno por ser recipiente de la sangre griálica vivificadora. Por otro lado el simbolismo de la bandera nos remite a la protección, concedida o implorada.

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