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Costumbres de la felifresía prohibidas

23 febrero, 2010

 

Los visitadores diocesanos y obispos, en ocasiones mostraban su celo pastoral prohibiendo algunas costumbres populares muy arraigadas en Tajueco. En 1712, Gaspar de Bardales Alvarado, enterado de que algunos mozos solteros pasaban muchas noches rondando y se ponían a cantar en el pórtico de la iglesia, ordena “que dichos mozos solteros no sehan osados además ni cantar cosas terrenas en dicho portico ni arrimado a la iglesia en quarenta passos de distancia”. La multa que impone es de dos ducados a cada uno por cada vez, y en caso de rebeldía advierte que serían juzgados por el tribunal eclesiástico, que tomaría la providencia conveniente.

            El obispo Pedro de la Quadra, en 1739, manda al cura “que no permita entren alguno en la Iglesia con gorro, o pelo atado, ni el que tomen tavaco enella, di despues de media noche el dia que hande comulgar, haciendoles saber lo dispuesto por las sinodades enesta razon y pena en que incurriesen contraviniendo a ellas”. En lo mismo insistiría el visitador de 1748.

            Juan Bautista Loperráez, en 1771, deja escrito “que el cura no permita que con motivo de Tempestades, Incendios y otros cassos se saque, aunque sea con la Devida Dezencia, el Santísimo Sacramento a la puerta de la Iglesia ni otro lado”. Impone una pena de excomunión mayor y de dos ducados. Lo sacaban a la puerta de la parroquial porque creían que así quedaban libres de tales males.

            El visitador de 1787 deja escrito su mandato de “que no permita el cura que los mozos y mozas se junten las noches de invierno con el titulo de novios ni consienta los bayles con motivo de Pasquas, pues no es justo que los dias mas sagrados y dedicados a Dios sean en los que mas se le ofenda”. En tal sentido pide a los padres y amos “que eviten que sus hijos e hijas acudan a semejantes juntas y festejos, dedicados propiamente al Diablo y por la misma razón de evitar que los mozos salgan de noche alborotando al Pueblo”. Este visitador era nada menos que el gobernador diocesano, nombrado por el obispo Eleta: Francisco Casto Royo, abad de san Ildefonso y arzobispo de Arriba.

            Los curas tampoco se libraban de las amenazas de excomunión, como lo demuestra la advertencia hecha al párroco por Bartolomé Sanz de Vera, capispol de la catedral, y visitador de 1670: si no hace todo lo que ha mandado (realizar un inventario de todos los bienes de fábrica y tener un libro de fábrica, adquirir varios frontales para los retablos mayor y del Rosario, etc..), quedará excomulgado o será multado con cuatro mil maravedíes de pena.

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