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La Casulla simbólica

23 febrero, 2010

 

La casulla

El inventario de 1673 da cuenta de la existencia de casullas de terciopelo carmesí, de seda, de damasco… Hasta nueve casullas había en ese año de 1673, que ascendían ya a catorce en 1724. Diversos arreglos figuran en los libros de Fábrica, como el realizado en 1707 por dos sastres desplazados a Tajueco para aderezar las casullas y demas ornamentos, que costó veintiséis reales, si bien compusieron también el pendón e hicieron una cortina para el sagrario. Pues bien, de todas aquellas casullas tan magníficas sólo queda una.

            Para el restaurador Santiago Escribano, muy probablemente fue realizada en el taller de sedas que existió en Calatañazor. Loperráez, el cronista de la diócesis de Osma y plagiador de la crónica hecha por Argaiz, nos dice:“… se sabe que por el año de 1.500 había en Calatañazor muchos menestrales con el exercicio de bordadores de seda y crecidos caudales”. Durante el siglo XVI fueron bordadores Francisco y Bautista de la Vega, Juan de la Mata, Diego Puelles y Pedro de Guarda. Y se sabe también que, en 1631, era bordador de casullas y de dalmáticas un tal Diego García. Asimismo Nicolás Rabal refiere haber visto, en 1888 y en la catedral, una serie de tapices de seda que procedían de la fábrica de sedas de Calatañazor y agrega que muchos ternos de las iglesias de la diócesis procedían de allí (los ternos son el vestuario externo eclesiástico, que consta de casulla y capa pluvial para el oficiante y de dalmáticas para sus dos ministros, o sea, diácono y subdiácono). Un terno de Calatañazor se conserva igualmente en Aranda de Duero (Burgos), y una capa pluvial de 1538 en la colegiata de Santillana del Mar (Santander). No es por tanto inverosímil afirmar que la casulla de Tajueco provenga del taller de sedas de Calatañazor. Posiblemente sea del siglo XVII y, aunque su estado de conservación no es malo, convendría una restauración profunda para fijar algunas zonas y parte de su magnífica iconografía en seda policroma.

            Como se sabe la casulla es la vestimenta sacra que el sacerdote se coloca por encima de las demás al celebrar la misa, que tiene como motivo central el recordatorio la institución del sacramento de la Eucaristía en la Última Cena y el sacrificio de Cristo en la Cruz, al que se agrega el simbolismo griálico de la sangre y agua que manó de su corazón al ser herido por la lanza de Longinos, y que tradición dice que fue recogida por el cáliz que utilizara Cristo en la Última Cena: el Grial. Las casullas están abiertas por lo alto para dar cobijo a la cabeza, y también por los laterales, cayendo por delante y detrás desde los hombros hasta media pierna.

Descripción  

Los motivos iconológicos de la casulla de Tajueco son simétricos a partir de un eje central a modo de Árbol del Mundo, que conforman una banda vertical llena de lacerías multiformes con flores y hojas que recuerdan levemente a las lacerías musulmanas.

            En su anverso, esta frondosidad central arranca bajo un gran cáliz con la Sagrada Forma sobre la copa, rodeada de rayos dorados. A ambos lados se repiten, de arriba abajo, un racimo de uvas, un Fénix ardiendo sobre su pira y una grutesca flor de lis.

            La iconografía simétrica de la espalda, en la que la banda central va de extremo a extremo, corresponde a un Agnus Dei, el Arca de la Alianza, un pelícano con las alas abiertas y las crías bebiendo la sangre que surge de la herida que se ha autoinfligido en el pecho, dos manojos de haces de trigo entrecruzados en forma de aspa y una flor de lis similar a la anterior.

Lo griálico

            El cáliz contiene el vino emblemático de la sangre de Cristo y la hostia es el cuerpo transubstanciado del Hijo de Dios en la Eucaristía. El misterio eucarístico fascinó a los cristianos desde los primeros siglos. En la Edad Media se originaron diversas leyendas griálicas en torno suyo, las mayorías de las cuales se mezclaron con el ciclo literario artúrico, como acontece con la obra Parzival, del germano Wolfram von Eschenbach, escrita hacia 1207. El contenido del Grial, que sana cualquier enfermedad y otorga la inmortalidad, no es, en Parzival, el cáliz de la Última Cena, sino una piedra muy especial sobre la que cada Viernes Santo una paloma que desciende del cielo deposita una hostia pequeña y blanca. Esta piedra, llamada lapis exillis, servía también para hacer arder al Fénix.

            En los mitos de las grandes religiones encontramos una bebida que confiere la inmortalidad y la gnosis o conocimiento intuitivo de las cosas. En los Vedas de la India el jugo se extraía de una planta llamada soma, en el Avesta parsi es el haoma, entre los pueblos germánico-escandinavos era la hidromiel, entre los griegos lo fue el vino de Dionisos… En el cristianismo pasó a serlo el vino, de ahí que en esta iconología griálico-eucarística de la casulla de Tajueco aparezcan dos racimos de uvas.

Ave Fénix

            Bajo el racimo se encuentra el Fénix, del cual se dice en Parzival que arde debido a la fuerza mágica del Grial, renaciendo a continuación de sus cenizas: “Así cambia el Fénix su plumaje y resplandece después en sus mejores galas, siendo tan bello como antes”.

            Dice Charbonneau-Lassay -destacado simbólogo cristiano- que es “el pájaro más fabuloso que haya creado la imaginación humana”. Aparece en el arte chino, en el asirio y en el egipcio, siendo en éste último donde va acompañado de una leyenda que ha llegado hasta nuestros días. Su nombre deriva del griego “foinix” que significa “pájaro de fuego”.

            A este ave, llamada bennu en Egipto, los griegos la denominaron “phenix” y de ella proviene su nombre castellano igualmente. Estaba unida al culto solar del rey de los muertos egipcio, Osiris. Y cuenta la leyenda que sobre la tierra no podía existir más que uno cada vez. “Cuando sentía que iba a cumplir quinientos años, levantaba el vuelo, pasaba primero por Arabia hasta llegar a Heliópolis, donde los sacerdotes habían sido advertidos de su llegada por el cielo; el bennu se construía sobre el altar del templo una hoguera hecha de preciadas plantas aromáticas de Arabia que eran inflamadas por los rayos del sol, y sobre la cual se consumía; pero de sus cenizas nacía enseguida un pequeño gusano que antes de terminar el día se convertía en un nuevo bennu lleno de vigor”, resume Charbonneau-Lassay. Esas plantas aromáticas de las que habla la leyenda no son otra cosa que el incienso, que se cultivaba en la región de Saba, desde donde se comercializaba por todo Oriente Medio.

            La leyenda del Fénix, con sus variantes, se extendió por todo el Imperio Romano y era conocida popularmente así que los predicadores cristianos se la encontraron por doquier y transformarían al Fénix en uno de los principales emblemas de la resurrección de Cristo y de él mismo como Resucitado. Así vemos que aparece ya citado por el papa san Clemente, que en el año 79 escribió una carta a la iglesia de Corinto hablando de la leyenda del fénix y concluyéndola en estos términos: “¿Juzgaremos que es algo grande y asombroso que el Artesano del universo obre la resurrección de todos aquellos que lo han servido santamente con la confianza de una fe valerosa, cuando nos muestra incluso por un pájaro la magnificencia de su promesa?”. Y reaparece en las Constituciones Apostólicas (siglo III), en san Cipriano, Lactancio, Tertuliano, Orígenes, san Cirilo de Jerusalén, san Gregorio Nacianceno, san Ambrosio, san Epifanio…, es decir, en los llamados Padres de la Iglesia. Iconológicamente aparece ya representado en las catacumbas romanas.

            Dado que el Fénix se perpetúa a sí mismo renaciendo de su propia autoincineración indefinidamente, los paganos y los cristianos vieron en esta figura un emblema de la eternidad, y como Cristo era considerado el alfa y omega, esto es, el principio y fin de todo y también del tiempo, la analogía del Fénix y la eternidad fue asumida plenamente por el cristianismo desde sus primeros balbuceos. También es emblema de virtudes como la esperanza, la pureza de conciencia y hasta de la castidad y la justicia. ¡Hasta los alquimistas lo incorporaron dentro del triángulo con cruz que representa el Azufre Filosofal!

Flor de lis

            La flor de lis, que se encuentra en la base de los dos lados de la casulla, es posiblemente la marca de maestría del bordador de Calatañazor que realizó con gran primor y riqueza simbólica el ornamento de este vestido litúrgico. En ciertos gremios medievales se utilizó, inicialmente, una marca de reconocimiento formada por tres líneas divergentes con un mismo origen, que no era sino un esquematismo de la pata de oca. El trébol, los tridentes y la flor de lis sucedieron y reemplazaron a este signo gremial, al que se le ha venido asignando un carácter esotérico e incluso atlántido (originario de la mítica Atlántida). El lis consta de una hoja central lanceolada con una hoja a cada lado que se dobla en forma de espiral, conformando así una trinidad que conlleva una doble carga exotérico-religiosa y esotérica. En la Edad Media era considerado emblema de la iluminación y atributo del Señor, según Juan Eduardo Cirlot. Si se le asimila al lirio viene a simbolizar la sumisión del ser humano ante la Providencia. Y por su blancura viene a expresar la pureza.

            Aparte del simbolismo católico, cabría darle también a esta casulla, como se ha ido mostrando, una simbólica esotérica que trasciende el cristianismo, mas no es éste el lugar idóneo para extendernos sobre ello, por lo que nos limitaremos a resumirlo. Una posible interpretación hermenéutica esotérica, vinculada al arquetipo de la escala o ascensión partiría del lis como punto de partida hasta alcanzar el Grial: Sin sumisión a la voluntad divina -para lo cual hay que purificarse- no hay progresión espiritual alguna. Seguidamente viene la quema de nuestra individualidad anterior, de nuestro ego, tras lo cual se renace en un ser nuevo que accede a la gnosis y posteriormente puede convertirse a sí mismo en un Grial (portador de la esencia divina).          

Agnus Dei

            Vayamos ahora a la iconología de la parte posterior de la casulla. Vemos en su zona más alta el Agnus Dei o Cordero de Dios, figura que generalmente porta aureola crucífera y un pendón rematado en cruz y muchas veces -como es el caso- se sitúa sobre el libro apocalíptico con los siete sellos sin abrir; Agnus Dei que viene simbolizando a Cristo sacrificado cual cordero pascual desde el arte paleocristiano. Durante siglos su figura sirvió de motivo central de unas reliquias de cera bendecidas por el Papa que sirvieron, a modo de amuleto -como las existentes en la catedral de El Burgo de Osma-, para facilitar los partos y evitar morir a causa del fuego o del agua, así como para perdonar los pecados siguiendo así la calificación de Cristo como “Cordero de Dios que quita los pecados del Mundo” del evangelio de Juan: la parroquial de Tajueco tenía, en 1724, un lignum Crucis con un Agnus Dei en su reverso destinado para los conjuros. En ocasiones aparece a los pies o laterales de san Juan Bautista, el heraldo de Cristo (como en el lienzo que corona el retablo de la ermita de san Bartolomé de Ucero, que fue iglesia templaria,), o sobre un libro que porta el Bautista, como en Fuentepinilla y en el propio retablo mayor de Tajueco (si bien aquí el cordero debió caerse y romperse (algunos ancianos recuerdan haberlo visto en la sacristía hace décadas). ¿Y por qué un cordero sobre un libro en la mano izquierda del Bautista? Creemos que la respuesta se encuentra en la confusión y mezcla de emblemas entre los dos Juanes, puesto que en el Apocalipsis -atribuido al evangelista- figura el Cordero abriendo el libro de los siete sellos. El Bautista no escribió obra alguna, si bien es cierto que existen libros basados en su persona y presunta doctrina gnóstico-bautista, los cuales siguen siendo los textos sagrados de un grupo religioso que aún persiste desde la época de Cristo: los mandeos.

            El Agnus Dei, por otra parte, se encuentra presente en la parroquial de Tajueco en un altorrelieve de buen tamaño tallado en la puerta del sagrario del retablo sin dorar de san Agustín, próximo al de la Virgen del Rosario. Su presencia en los sagrarios es bastante corriente, aunque no hemos visto una figura tan grande en ningún otro sagrario soriano. Destacaremos igualmente, como ejemplos artísticos de Agnus Dei sorianos, el aparecido en un capitel románico de la galería porticada de San Ginés en Rejas de San Esteban durante la restauración efectuada en los años 2000-2001, y el bajorrelieve gótico de la clave que luce la torre del homenaje del castillo de Ucero que precisa urgentemente una labor de restauración y conservación.

            Al Agnus Dei le antecede una ingenua representación del Arca de la Alianza una especie de Grial para los hebreos puesto que contiene la Shekinah o Presencia de Dios, de ahí que, como contenedor de Dios, tenga su analogía simbólica con el cáliz de la Última Cena que sirve de referente a todos los cálices eucarísticos de los templos cristianos.

            Su historia es relatada en el Pentatéuco y prosigue en otros libros bíblicos hasta su ocultación en un monte por mandato del profeta Jeremías, aunque hay leyendas acerca de que se encuentra en el subsuelo de la hoy Explanada del Templo o de las Mezquitas, donde estuvo el Templo de Salomón, en cuyo sancta santorum estuvo durante siglos; enclave en el que se alza desde el siglo XI la mezquita de La Roca, sobre la cúspide más alta del antiguo monte Moriah de Sión. Dos querubines custodian el Arca a ambos lados de la misma, cuenta la Biblia, y en la casulla de Tajueco así aparecen, pero duplicados.

Pelícano

            La siguiente figura de la casulla, hacia abajo, es el pelícano con alas abiertas ofreciendo su sangre a las crías. Emblema de Cristo es igualmente este ave acuática, convertido en símbolo eucarístico cristiano “debido a la trasposición que se le hizo de la fábula que en tiempos antiguos se refería exclusivamente al buitre, que alimentaba con su propia sangre a su nidada desfalleciente”, según Charbonneau-Lassay.

            El origen de esta fábula es también egipcio, como en el caso anterior del fénix y pasó a la cristiandad a través de los libros moralistas de la emblemática animal, los cuales parten, al parecer, de un libro primitivo llamado Physiologus, escrito en griego, entre los siglos II y V, en la Alejandría egipcia. A partir del siglo XII los distintos Fisiólogos pasaron a llamarse Bestiarios, y en ellos encontramos referencias al pelícano. Transcribiremos, como ejemplo, la reflejada en uno de ellos:

            “El santo profeta David canta: «he venido a ser como pelícano del desierto»  (Salmo 102,7).

            El Fisiólogo dice que el pelícano quiere mucho a sus hijos. Cuando nacen los polluelos, en cuanto están algo crecidos, golpean a sus padres en el rostro. Éstos les golpean a su vez, matándolos. Pero los padres empiezan entonces a afligirse por sus hijos, y después de haberse lamentado durante tres días sobre los polluelos que han matado, la madre, al final del tercer día, se abre el costado y deja caer su sangre sobre los cuerpos muertos de los pequeños, y los despierta a la vida.

            Así dijo también Nuestro Señor, por boca de Isaías: «yo he criado hijos y los he engrandecido, y ellos se han rebelado contra mí» (Is, 1,2). Dios nos creó, y nos hemos enfrentado a Él. Nosotros, las criaturas, nos hemos puesto en contra del Creador. Sin embargo, cuando Él subió a lo alto de la cruz abrió Su costado y derramó sangre y agua para nuestra redención y nuestra vida eterna; la sangre, porque está escrito: «Tomando un cáliz y dando gracias, se lo dio, diciendo…»  (Mt, 26-27); y el agua, por el bautismo de la penitencia (…) El pelícano es el Señor, y los polluelos son Adán y Eva, así como su estirpe” .

            En otras versiones es la serpiente o algún pájaro malvado quien mata a las crías, y en la críptica simbología alquimista se llama pelícano a los dos matraces unidos a su alambique en los que se realiza la destilación filosofal, como señaló el monje Raimundo Llull.

            Citaremos como complemento, dos representaciones de este ave en el arte sacro soriano. En primer lugar, el portaviático en forma de pelícano realizado por el cordobés Damián de Castro (1716-1793), en plata y oro, existente en la colegiata de Medinaceli. En segundo término el inmenso pelícano tallado en madera que se encuentra en el retablo del lado de la Epístola de la parroquial de San Pedro Manrique, iglesia en cuyo retablo del Evanvelio, por cierto, aparecen columnas salomónicas con uvas, al igual que en el altar mayor de Tajueco. Otras coincidencias con esta iglesia de San Martín sampedrana es la existencia, en su retablo mayor, de tallas que representan a san Roque y san Antonio de Padua, patronos de Tajueco, y además resulta que la imagen central corresponde a san Pedro, como acontece en Tajueco. Este retablo de San Pedro Manrique es del siglo XVIII.

            Dos manojos de haces de trigo que se entrecruzan formando un aspa o X es el emblema que sigue al pelícano, en el orden descendente descriptivo que hemos adoptado. El trigo es la materia prima de la que sale el Pan de Cristo, es decir, la Hostia, que transubstanciada en la Eucaristía es el Cuerpo de Cristo (como el vino se convierte en sangre). Este cereal, que constituye el alimento por excelencia, es idóneo para simbolizar el Alimento de la Inmortalidad, y así era concebido, por ejemplo, en los rituales helenos de los misterios de Eleusis donde la espiga de trigo representaba la idea de la resurrección. También era un emblema de Osiris, el dios que muere y resucita en la mitología egipcia. Esta simbólica fue igualmente expuesta por san Juan Evangelista al expresar lo que dice Jesús al respecto: 

“Ha llegado la hora en la que el Hijo del hombre va a ser glorificado. En verdad, en verdad, os digo: si el grano de trigo no cae en la tierra y no muere, queda solo; pero si muere, trae abundante fruto. Quien ama su vida la pierde, y quien aborrece su vida en este mundo la conservará para la vida eterna”. Esta fase correspondería, en la alquimia, a la nigredo.

            La flor de lis culmina esta serie de emblemas y, al igual que acaecía en la parte frontal, la unidad temática del conjunto de la iconografía ha de ser interpretada igualmente como un recorrido ascensional en la vía espiritual que arranca en la flor de lis y concluye en el Agnus Dei, con su doble correspondencia religiosa e iniciática.

            La división tripartita y simétrica que presentan ambas caras de la casulla, con esa banda central y la repetición de los mismos motivos iconológicos a sus lados, es también muy importante en la simbólica esotérica, por cuanto presenta cierta analogía con las tres columnas del Árbol Sephirótico de la Kabala hebrea, así como con la triplicidad de los árboles del Paraíso (Árbol de la Vida, y doble ramaje troncal del Árbol de la Ciencia del bien y del mal).

            Por todo lo dicho, esta casulla de la parroquial de Tajueco bien merece ser restaurada convenientemente y que pase a ser estudiada por especialistas en diversos campos artísticos y litúrgicos, así como por simbólogos esotéricos.

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