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Parroquia (11): Capellanías, vidrieras y cementerio

23 febrero, 2010

 

Hasta tres capellanías coexistieron en la parroquial de san Pedro. La primera la fundó Manuel de Miranda, en 1669. Había sido canónigo chantre de la colegial de Berlanga de Duero y fue, con mucho, la capellanía mejor dotada de rentas a cambio de rezar tres misas cada semana. La segunda la creó Pedro Peñalva, cura que había sido de Tajueco durante muchos años. La ubicó en el altar de Nuestra Señora del Rosario, de la que tomó su mismo nombre, con cargo de una misa con responso cada sábado. La tercera la fundaron los vecinos y el concejo el 26 de agosto de 1786, dotándola el concejo con ochenta carros de leña y ochenta y cuatro medias de trigo anuales; la capellanía era colectiva y se llamaba “De la Sacristía”.

            Las ventanas estaban recubiertas con vidrieras. En 1670, el visitador general manda “que se adereze el presbiterio y se haga maior la ventana de la capilla maior y se ponga vidrieras”. En 1691 se colocó una vidriera en la ventana de la capilla mayor que costó setenta y siete reales (además se pagó veintisiete reales por el alambre y trabajo de su colocación). En 1707 se pagaron doscientos cuarenta y siete reales por las tres vidrieras que se colocaron en las ventanas de la capilla mayor, sacristía y coro, y por las dos redes de las dos ventanas que se habían hecho nuevas (sacristía y coro). Y en 1742 se colocaron dos vidrieras con sus redes en las dos capillas y encima de la puerta de la iglesia, con un descargo de trescientos veinticuatro reales.

            La ermita del Humilladero es la única que ha llegado hasta nuestros días. Las otras dos fueron demolidas y ésta continuó en pie porque el concejo la arregló y acordó situar el cementerio a su lado. El Santo Cristo que en ella había se guarda desde hace años en la parroquia. Se trata de una imagen de dos siglos de antigüedad seguramente, de cuerpo pesado por ser pequeño y grueso; además presenta la particularidad de carecer de cuello, lo que aporta a su cabeza desplomada sobre el hombro una sensación de abatimiento muy grande.

            El 17 de abril de 1804 Anastasio Rodrigo, presbítero teniente de cura de la parroquial de Tajueco, consigue licencia diocesana para que se puedan sepultar los cadáveres junto a la ermita del Humilladero, señalando en el nuevo camposanto dieciocho sepulcros mayores y doce menores. Asimismo se le otorga permiso para que, en las dos capillas laterales de la parroquia, señale diez sepulcros apartados de los altares y paredes. Ahora bien, el obispo José Antonio Garnica visitó la parroquia el 15 de junio de 1804, y suspendió los enterramientos en las capillas por haber sitio de sobra en el cementerio recién creado del Humilladero.

 Este obispo, en la relación de actos llevados a cabo durante dicha visita, indica que el edificio de la ermita y sus reparos corren a cuenta del concejo.Y su secretario agrega: 

            “Y haviendo destinado a representación del Teniente de Cura para sepultar los Cadaveres que ya no cabian en la Yglesia, ha otorgado Escritura el mismo concejo y vecinos en veinti y cinco de Abril proximo anterior a consequencia del Decreto de Su Ilustrísima de diez y siete del mismo, por la que desde luego repararon dicha Ermita y se obligaron a pagar por cada sepulcro de primer grado trescientos maravedies, por el segundos Doscientos, por el tercero ciento, por el cuarto cinquenta y tres maravedies, cuya resolución aprueba su Ilustrísima, mandando se cumpla en devida forma”.

            Cabe reseñar, para completar esta cuestión relativa a los enterramientos -que originariamente se hacían dentro de la iglesia-, la realización de un osario en 1763, cuyas trazas, material y obra, costaron ciento ochenta y cinco reales y once maravedíes. En la disposición de los feligreses en el interior de la iglesia, que recuerdan los más mayores de Tajueco, existe una pervivencia de la época en la que había tumbas dentro del templo. De la verja hacia el altar estaban los bancos para chicas a un lado, y chicos al otro; los miembros del conejo, en las capillas laterales; los hombres ocupaban los bancos que había alrededor de nave, junto a las paredes, y las mujeres estaban en el centro de la nave, sobre sillas que se colocaban sobre unos espacios reducidos de medio metro cuadrado o así, en cuyo suelo se colocaban velas cuando fallecía algún familiar suyo. Esta imagen nos recuerda un artículo de las constituciones sinodales del obispo Enrique Enríquez (1607) que bien merece transcribirse a continuación:

            “También se acosttumbra en algunas partes vn abuso digno de remedio, que los biudos, biudas, y enlutados estan en las Yglesias al tiempo de la Missa con las cabeças y rosttros cubiertos, sin descubrirlos para adorar el santissimo Sacramento quando se alça, y que algunos dellos se tiende en el suelo, fealdad grande en los que professan nuestra Religion Christiana…”.

            El crucifijo pequeño de madera, con talla de Cristo y maderos de gajos, que se guarda en la sacristía, es probable que sea el que estaba junto al púlpito, y que fue encarnado en 1707. En 1724 sigue estando en el mismo lugar con su dosel. Claro que el púlpito actual no es el de entonces.

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